Cien mentiras y una verdad de Estado: El arte del relato

Director clínic y psicoterapeuta de la Unitat de Psicologia i Psiquiatria del Consultori Mèdic Carbonés de Sant Vicenç dels Horts
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Actualizat: Dc, 28/02/2018 - 10:36am

IFEMA no ha retirado la obra de Santiago Sierra de ARCO por motivos políticos. ¡De eso ni hablar! Lo ha hecho por motivos artísticos, motivos conceptuales creo que es la expresión empleada (sorprendentemente la esvástica nazi que presentó el mismo artista el pasado año no hirió ninguna sensibilidad). De todas formas, salimos por la puerta y entramos por la ventana: A mí me cuesta mucho entender qué es un concepto erróneo en arte. Me suena a la censura de toda la vida. Esa que por supuesto no existe hoy en día en nuestro país (seguro que podemos encontrar incluso quien niegue sin problemas que alguna vez haya existido).

Como es bien sabido tampoco tenemos presos políticos, sino políticos presos (en gramática a diferencia que en la multiplicación el orden sí altera el producto). ¿No son sensacionales las astucias del lenguaje? Basta un simple enroque lingüístico y como por arte de magia desaparece una grave e indecorosa acusación. Problema resuelto. Pasemos al siguiente.

No hay políticos exiliados, sino fugitivos de la justicia. Vulgares y peligrosos delincuentes que tras espolear a hordas violentas de ciudadanos incautos, han huido de la justicia española. Justicia que como todos sabemos y así lo ha demostrado una y otra vez, es independiente, imparcial y democrática. ¿O alguien se atreve a dudarlo? Bueno, si alguien quiere dudarlo, pues hay mucho mal pensado por ahí, que lo haga, pero sin hacer mucho ruido. Que estas cosas son delicadas y es conveniente discrepar en silencio y no causar mucho alboroto no vaya uno a dar con sus huesos en la cárcel como el rapero Valtonyc. Pero cuidado aquí, no saquemos conclusiones precipitadas y equivocadas. De nuevo no se trata de un ataque contra la libertad de expresión. Eso jamás. ¡Ni hablar del peluquín!. Que cada uno piense y se exprese como quiera, pero eso sí: en silencio. Lo que ocurre con el rapero mallorquín debe ser también un caso de concepto artístico erróneo. Probablemente no tiene que ver tanto con las letras de sus canciones, como con estos ritmos tan monótonos y faltos de melodía propios de rap, que tanto nos perturban a la mayoría de los ciudadanos de bien.

Y llegamos al dichoso referéndum del 1 de octubre. ¡Vaya disparate en una democracia querer votar, habrase visto despropósito igual! Pero ¿qué sandez es esa? A nadie en su sano juicio y con talante democrático se le ocurre resolver de esta guisa los problemas. Para eso están las porras. Toda la vida ha sido así y muy bien que nos ha ido. Además ¿qué necesidad hay de innovar en tecnología para solución de conflictos? Con la que tenemos es más que suficiente. Bueno, no nos despistemos, a lo que íbamos: Ya está bien con las acusaciones de violencia policial. Está nunca se dio. No hubo heridos. La mayor prueba es que ni el rey, ni el gobierno en ningún momento se dirigieron a ellos, ni tan solo los nombraron. Así pues, no existen. Pues las cosas solo existen cuando se nombran. Las imágenes que han dado la vuelta al mundo, sin duda deben estar trucadas. Hoy en día con la tecnología diabólica actual se puede hacer casi cualquier cosa. ¡Dios santo, a dónde iremos a parar! Menos mal que esta semana el coronel de la Guardia civil y responsable del dispositivo policial, el Sr. Pérez de los Cobos en su declaración ante el Supremo, para nuestra tranquilidad, lo ha aclarado todo: “No hubo cargas policiales”.

Lo que en realidad pasó ya ha sido debidamente establecido y sobradamente acreditado: Los policías fueron agredidos violentamente durante un referéndum que nunca se celebró, por unos abuelos que nunca estuvieron ahí (pues no hubo tal referéndum) pero que aun así se las arreglaron para chocar sus cabezas y cuerpos con toda la fuerza de la que fueron capaces contra las porras de los indefensos agentes. Hablar de represión y violencia policial es sacar las cosas de quicio y un bulo de los gordos. Se pongan como se pongan los de Amnistía Internacional. ¿qué diantres sabrán ellos de nuestras cosas?.

Pero vamos al fondo del asunto, a la madre del cordero: En Cataluña no hay ningún conflicto territorial. Eso es otro bulo, una burda invención, una sucia patraña. Lo que ha habido ha sido simple y llanamente un amotinamiento de unos pocos sediciosos, rebeldes y violentos. Nada más.

Y yo tengo la prueba definitiva: Como cualquiera sabe, los conflictos en democracia se resuelven por mediación, negociación… etc. Es decir, se hace política. Por el contrario, los motines se aplastan y a los amotinadores se les represalia y se les ajusticia. Eso es justamente lo que ha ocurrido aquí: Hemos conseguido aplastar a los amotinados y castigarlos ejemplarmente. Asunto resuelto y como se suele decir: “pelillos a la mar”. Si de verdad hubiera habido un conflicto en un país democrático como el nuestro, se hubiera puesto en marcha la maquinaria política, no la jurídico-policial. ¿No?

 

 

Y ahora en serio: Es así, en este suma y sigue, como más de cien mentiras se convierten en una verdad de Estado. La mentira táctica (y a veces sistemática) es consustancial al poder. Todo gobernante tiene claro que no importan los hechos. Importa el relato. Parafraseando la famosa máxima periodística, podríamos decir: “No permitas que los hechos estropeen tu relato”. El mecanismo es simple: Construye un relato de los hechos que te convenga. No importa lo mucho que se aleje de la realidad, si eres capaz de repetirlo hasta la extenuación en argumentos circulares y darle una gran difusión. Al mismo tiempo, debes impedir la coexistencia de un relato alternativo, silenciándolo a toda costa (por eso es tan importante doblegar a los dirigentes independentistas en sus declaraciones judiciales. No se trata tan solo del placer de la humillación del adversario y de infundir miedo). Si te adueñas del relato, si logras el relato único habrás establecido la Verdad que figurará en los libros de Historia.

Pero no duelen tanto los tejemanejes del poder, como la aquiescencia satisfecha y acrítica de una gran parte de la sociedad que aplaude mientras renuncia, sin ser consciente, a la democracia. ¿De verdad somos una sociedad democrática madura y pensante?