La cadena humana: El pueblo como símbolo

Director clínic y psicoterapeuta de la Unitat de Psicologia i Psiquiatria del Consultori Mèdic Carbonés de Sant Vicenç dels Horts
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Actualizat: Dg, 22/09/2013 - 1:38pm

    Han pasado ya unos días desde que el pasado 11 de septiembre Cataluña llamara la atención del mundo realizando una idea tan simple como potente: Una cadena humana de punta a punta de su territorio.

    Como es lógico se han sucedido todo tipo de lecturas: Desde la emotividad, desde los intereses políticos y los temores económicos… Ha habido opiniones de todo tipo. Hay incluso quienes han visto en ello algo lúdico e intrascendente. Estos se equivocan, pues es justo lo contrario. Probablemente no haya nada con más capacidad de trascendencia que una colectividad unida encarnando un símbolo. Esto es precisamente lo que creo que pasó el otro día.

    Dejando de lado si la independencia de Cataluña será buena o mala; deseable o indeseable (no es este el objeto de este post) me propongo hacer una lectura del fenómeno de la cadena humana como acto simbólico.

    Vamos por partes: En primer lugar, hay que reconocer la brillantez de la idea. De entre todos los símbolos posibles, no se me ocurre uno que pudiera trasmitir mejor la unión y determinación de un pueblo en la defensa de su territorio con sus manos y, esto es importante, con nada más que sus manos (creo que el propio Gandhi hubiera esbozado una sonrisa…). Es, qué duda cabe, una demostración incontestable de voluntad y de capacidad (no es nada fácil organizar algo de esta magnitud y el resultado estuvo a la altura del mejor estado prusiano).

    Al mismo tiempo, el gesto de unir las manos, casi como en un truco de prestidigitación, hace desaparecer al individuo y hace aparecer la colectividad. El individuo es impotente para decidir su destino como ciudadano. La colectividad no. Aquí está la clave.

    Justamente, éste es el gran éxito de las plataformas organizadoras. En algún post anterior he hablado ya de los efectos anestesiantes del individualismo reinante en las sociedades modernas. Los cambios sociales solo son posibles impulsados por la propia sociedad, desde un sentimiento de colectividad. Probablemente el reto que afrontan las plataformas civiles, que frente a una clase política totalmente inmovilizada por los poderes económicos, se han erigido en los verdaderos agentes de cambio, es el de mantener vivo este sentimiento de colectividad.

    Los actos simbólicos no son nunca estériles. La realidad da siempre la impresión de ser eterna e inmutable, pero basta abrir un libro de Historia para comprobar que la realidad es siempre provisional.

    Cuando los símbolos se hacen acto y llaman repetidas veces a la puerta, la realidad acaba abriendo.