La patita negra del franquismo

Director clínic y psicoterapeuta de la Unitat de Psicologia i Psiquiatria del Consultori Mèdic Carbonés de Sant Vicenç dels Horts
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Actualizat: Dg, 08/10/2017 - 9:12pm

      Hoy, todavía con las imágenes de las cargas policiales clavadas en la mente, es difícil escribir algo sin hacerlo desde la emoción. Hemos vivido y estamos viviendo hechos muy graves. El pasado domingo, los cuerpos de seguridad del estado, que en principio están para protegernos, golpearon a ciudadanos demócratas que querían pacíficamente expresar su voluntad votando. La violencia de estado se ejerció contra ellos y por consiguiente contra la democracia. Estamos indignados, pero no asustados (a veces el miedo se pierde al recibir el primer golpe).

      El tratamiento informativo de las cadenas nacionales, bastante disociado de la realidad y burdamente sesgado, me recordó al extinto Nodo del régimen (ahora en color). Deseé ser estudiante de periodismo para hacer un ejercicio de periodismo comparado. Deseé también, ser estudiante de comunicación en ciencias políticas, para analizar el discurso. Es asombroso como se puede pervertir el lenguaje para explicar por ejemplo que se está defendiendo la democracia con cargas policiales (es decir, a porrazos) de unos nazis golpistas que quieren votar. En dos palabras como diría el torero: ¡Alucinante! Pero afortunadamente hoy, en la era de las redes sociales, ya no es como antes. Las viejas tácticas propagandísticas no funcionan tan bien como antaño. Toda persona con un teléfono es un reportero de guerra y la imagen de los ciudadanos organizados civilmente, custodiando y protegiendo urnas y votos de las porras y los uniformes, es en si misma, una potentísima metáfora que lo dice todo, a la vez que nos retrotrae como en un mal “déjà vu” a otra época, que ingenuamente pensábamos superada para siempre. Ya vemos, no se puede bajar la guardia. Los totalitarismos nunca se van para no volver.

      Pero este post no es un alegato en favor del independentismo. Lo que hay en juego, en mi opinión, va más allá de la causa independentista. Va más allá de la lucha de un pueblo por decidir en las urnas como quiere vivir y gobernarse. Aspiración, dicho sea de paso, difícil de discutir si uno es un verdadero demócrata. De hecho, esa es justamente la esencia de la democracia: La soberanía popular. En eso consiste la democracia real, no la formal y estética, que es en la que en verdad vivimos. Esto pues, va de democracia (esta es la primera idea).

 

      Tratemos de analizar con algo perspectiva la situación: En los últimos años están ocurriendo cosas gravísimas. Solamente a modo de ejemplo, ya que no me quiero extender: Hemos visto abdicar a toda prisa a un rey por temor a que la justicia diera buena cuenta de su corona, a causa de sus trapicheos, por todos conocidos. Hoy podemos afirmar (seguro que él también lo piensa) que se precipitó. Olvidó que estaba en el país en el que nunca pasa nada y en el que todo sale gratis. Hemos visto a su hija, la Infanta, irse de rositas por amor. Hemos visto también, como se inhabilita a los jueces incomodos (Garzón, Silva…) que investigan la corrupción político-financiera. Hemos visto como el ministerio del interior investiga a dedo a sus adversarios políticos e inventa pruebas falsas contra ellos. Esto último es de una gravedad extrema y es propio de dictaduras bananeras (en las democracias es un juez independiente el que ordena una investigación cuando hay indicios). Y lo más sorprendente de todo: Aquí no pasa nada. ¿Por qué?

      Seguimos para bingo: Estas últimas semanas hemos visto como la justicia, que ha resultado no ser ciega, pero sí bastante sorda, ha inclinado de manera obscena su balanza, dejando en evidencia la falta de independencia del poder judicial y la ausencia de separación de poderes. De nuevo, un asunto muy serio. ¡Cuidado cuando los ciudadanos sienten que la policía no les protege y la justicia no les defiende!

      Si somos sinceros, tenemos que reconocer que nuestra democracia siempre tuvo sus flaquezas y particularidades. No en vano venimos de cuarenta años de dictadura y la transición se hizo como se pudo. Pero el deterioro que han sufrido las instituciones a manos del PP en la última década pone los pelos de punta. Ya no se trata solo de los viejos tics de otra época, del consabido “ordeno y mando” y “el vuelva Ud. mañana”. Lo que finamente ha evidenciado la nula gestión de la crisis territorial, ha sido un funcionamiento franquista sin complejos. La estrategia del Estado ha sido más simple que un botijo: Rigidez como premisa. Amenazas, desprecio y juego sucio como táctica y cuando todo eso falla, represión policial, negación de los hechos y mentira institucional. Es decir, un portento de ingenio, liderazgo y valores democráticos.

      Esta semana se ha puesto de manifiesto que hoy, España y Cataluña son dos universos muy diferentes, que piensan y actúan de distinta manera. Uno, enrocado en una mentalidad feudal y colonial, para el que no ha pasado el tiempo y que tiene como presidente, a un señor con barba muy antiguo y caduco (es lo más respetuoso que se puede decir) y el otro, un país con valores más progresistas y con anhelos de emprender su propio camino.

      A menudo se nos olvida que la Constitución no es un texto sagrado como la Torá. En realidad, es un “documento marco” que además no está concluido. Todo el apartado de las autonomías no se pudo desarrollar por falta de consenso, por razones obvias (los militares aún tenían las pistolas cargadas). La propia constitución prevé su propio desarrollo. Este no ha llegado a suceder todavía. ¿Por qué?

      Esta es la segunda idea: Porque la transición tampoco se ha cumplido plenamente. Los artífices de la transición y los padres de la constitución avanzaron todo lo que se podía avanzar entonces. No se pudo hacer más. No se pudo evitar que el franquismo quedara fuertemente arraigado en las instancias judiciales, políticas y económicas. Y hoy en día, aún sigue ahí, obstinado, como esas manchas en la camisa que a veces tenemos que volver a lavar para que se vayan del todo.

      El domingo pudimos ver claramente la patita negra del franquismo bajo la harina blanca de la democracia de postín. La lanza independentista nos ha hecho un favor y ha rasgado el velo que la ocultaba.

      La elección: Ahora hay dos opciones: O España finaliza de una vez su transición a la democracia (que está a medio hacer) apartando del poder a las elites franquistas y desarrollando la constitución para reflejar la realidad plural del país (tal vez sea ya tarde. Ha faltado seducción y ha sobrado imposición y represión) o se asume una Cataluña independiente.

      La duda: ¿Podremos contar con el papel mediador de las instituciones europeas? De momento Europa genera dudas. Sus valores ya están en entredicho por la gestión que ha hecho de la estafa financiera, mal llamada crisis económica y que básicamente ha consistido en salvar a la banca en lugar de a las personas y también, por su gestión de la crisis humanitaria de los refugiados (hay que recordar que fue el pueblo y nos sus dirigentes quienes primero reaccionaron ante este drama humano). Por ahora, mientras se la espera y se la necesita como mediadora en el conflicto, incomoda, mira para otro lado mientras se pisotean violentamente derechos civiles.

      La paradoja es que el capitalismo postindustrial, madre de muchos de nuestros actuales males, probablemente será aquí nuestro salvador. Como todos sabemos, hoy más que nunca el capital manda por encima de la política. La acción política puede ser insensata, pero la acción económica rara vez lo es. El dinero no entiende de emociones, sino de rentabilidades. ¿Será el poder económico el árbitro pacificador?.