Mi acta, mi tesoro

Analista político
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Actualizat: Dv, 27/06/2014 - 5:29pm

Desde el inicio de los tiempos la política siempre ha formado parte de nuestras vidas. La gestión de lo público y la organización y gobierno de los pueblos es, seguramente, la profesión más antigua del mundo. Lamentablemente, tan solo varios minutos después de comenzar la primera actividad política, hizo acto de presencia el transfuguismo. Si Adán fue el primer político, Eva fue sin dudarlo la primera tránsfuga.

Si bien la ley, y la interpretación que de ella hace el Tribunal Constitucional, establecen que el acto de concejal o diputado pertenece a la persona, también es cierto que esta cuestión levanta muchos recelos. Recelos en los propios partidos, como es lógico, pero de igual forma en los ciudadanos. Con el actual sistema de listas cerradas y bloqueadas parece obvio que los votantes se inclinan por una u otra opción en función del partido en sí y, como mucho, en su cabeza de lista. Nadie, o un porcentaje ínfimo, vota teniendo en cuenta al tercero, sexto o noveno de la lista. Podemos decir por tanto que esas personas podrían salir elegidas gracias a pertenecer a un partido con el que se supone comparten ideología y, sobre todo, a que éste les haya incluido en su lista.

Como tantas otras veces, la ley y la voluntad ciudadana parecen llevar caminos totalmente distintos. Tarde o temprano se acabará modificando la Ley Electoral, pero mientras eso se haga, ¿es éticamente legítimo cambiar de bando a mitad de una legislatura? Obviamente no. Esto no supone, como decía antes, solo una traición al partido que confió en tal diputado o concejal que se aprovechó de una marca, de unas infraestructuras y de un dinero -público y de los afiliados- para financiar su campaña. Supone igualmente un desprecio total hacia los votantes de ese partido y a la esencia de la democracia en general.

Los motivos para abandonar al partido que le permitió participar en la vida pública son muchos y variados. Algunas veces, incluso, comprensibles, pero lamentablemente la mayoría de las veces responden a oscuros intereses personales. Una compensación económica, unas vacaciones pagadas, una promesa de un puesto relevante en las próximas elecciones o, simplemente, un rebote, suelen ser las causas más comunes. Apelando siempre a la ley y a la democracia, suelen pegar un portazo con su acta bajo el brazo, negándose a entregarla. Es su gran tesoro, su futuro, su sustento económico. Aunque olvidan que, en democracia, siempre hay una nueva oportunidad para el electorado, que no olvidará la traición independientemente del collar con el que venga esta vez el perro.

Se atentaría directamente contra las reglas elementales de la democracia si, al día siguiente de unas elecciones, dos concejales de cada partido se pusieran de acuerdo y decidieran quitar al alcalde elegido y ponerse ellos a gobernar durante cuatro años. Con todo lo que ello conlleva. Sería tan legal como inmoral e indudablemente sería algo que el pueblo ni olvidaría ni perdonaría.