Pleno extraordinario independentista (o no)

Analista político
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Actualizat: Dj, 25/09/2014 - 2:35pm

Como vicentino, como catalán y como ciudadano comprometido y progresista me sentí, durante el Pleno extraordinario celebrado el pasado lunes día 22, especialmente satisfecho.  Recuperé muchas de las sensaciones perdidas y reencontré valores que, pensaba, se habían quedado por el camino. Volví a entender por qué, hace ya muchos años, creí que una fuerza política en concreto era la que más y mejor me representaba. Confirmé, con cierto orgullo, que no me había equivocado.

Constaté, una vez más, que entre el inmovilismo de unos y la cabezonería de otros, hay otra vía que busca consenso y que, por encima de todo, argumenta sus posiciones. Una vía que, siempre dentro de la más estricta legalidad, pretende lo mejor para sus conciudadanos y la prosperidad para nuestra tierra. Una vía que ni llama a la desobediencia civil, ni aspira a convertirse en la reencarnación de Mussolini.

A la derecha nos encontramos al de siempre. Al que desde que tengo uso de razón se ha apropiado de ese rincón y ha intentado adueñarse del ring completo. El que, bajo la bandera de la unidad, solo busca fórmulas para mantenerse en el poder aunque para ello tenga que modificar la Constitución completa. El que, recordando tiempos que nadie quiere recordar, anotaba qué concejales votaban a favor para, a continuación, enviar esa información a los que deciden nuestro futuro. En definitiva, la derecha más rancia.

En frente, en el ángulo opuesto, se situaba la mal llamada izquierda. La que anhela presentarse como exponente de la democracia y la libertad de expresión, pero que al mismo tiempo ejerce un férreo control sobre el voto de los suyos. La que dice respetar la voluntad popular pero que se niega a que el Consell de Garanties Estatutàries concluya sobre la  conveniencia o legalidad de la consulta o referéndum. Al fin y al cabo, la misma dictadura pero desde el rincón contrario.

Como en todas las grandes batallas, no podía faltar el cuarto árbitro. Ese al que nadie presta atención.  El que ni vale para un lado, ni sirve para el otro. Al que nadie echaría de menos si no hubiera actuado. Pero, como buen cuarto árbitro, sentía la necesidad de ser protagonista por un momento. Notó ese apuro por sentirse princesa por un día. Quiso pisar la alfombra roja sabiéndose objetivo de todos los flashes y soltó una retahíla incomprensible e incongruente para intentar explicar su huida del partido que lo llevó a esa misma sala de Plenos. Pretendió argumentar su espantada del PSC, arguyendo un supuesto giro hacia el independentismo, cuando todos sus miembros seguían votando exactamente lo mismo que cuando él les apoyaba en septiembre de 2012. 

Es, justo ahí, en ese devenir de despropósitos, donde surgió la figura de Miguel  Comino, como portavoz del PSC, para explicar algo que es sabido en cualquier casa de vecino. Algo tan simple como que no sirve de nada sacar a diario el catalanómetro, o el medidor de españolismo, cuando de lo que realmente se trata es de buscar soluciones al futuro de todos. Algo tan obvio como que puedes ser amante del deporte en general y del fútbol en particular sin que te tengas que decantar, sí o sí, por etiquetarte como culé o periquito. Y es, justo ahí, donde se manifiesta la grandeza de un partido y la constatación de su pluralidad, al permitir a sus ediles votar según su consciencia y hacer aquello para lo que fueron elegidos: representar a sus votantes ante las instituciones.

¿Otro partido que pueda presumir de la misma coherencia y democracia interna?